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Pan y Rosas recicla a Selma James - Contra las teorías feministas sobre el trabajo doméstico - Revisionistas de ayer y hoy

2016.11.19 23:15 ShaunaDorothy Pan y Rosas recicla a Selma James - Contra las teorías feministas sobre el trabajo doméstico - Revisionistas de ayer y hoy

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Espartaco No. 46 Octubre de 2016
Mujer y Revolución
La agrupación feminista y supuestamente marxista Pan y Rosas —asociada a la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional (FT-CI) y con filiales en Argentina, México, España y otros países— ha estado desempolvando las viejas teorías antimarxistas de Selma James, una feminista “radical” estadounidense que alcanzó cierta popularidad en los años 70 promoviendo la noción falsa de que el trabajo doméstico es trabajo productivo central al capitalismo. Las teorías de Selma James procuran apuntalar un programa reaccionario. Dado que, según ella, las amas de casa desempeñan el papel central en la producción capitalista al producir al “trabajador mismo” y su fuerza de trabajo, no deberían buscar empleo fuera del hogar. Llevando sus fantasías al extremo, James sostenía (quizá aún sostenga) que los sindicatos deberían ser aplastados, que los izquierdistas eran los agentes conscientes del capitalismo, que el libro seminal de Lenin ¿Qué hacer? era una obra “fascista”, ¡y que todas las mujeres que conseguían empleo fuera del hogar eran esquirolas porque quitaban el trabajo a los hombres! (ver “Selma James vende machismo y anticomunismo”, Women and Revolution No. 7, otoño de 1974).
Aunque Pan y Rosas no hace suyos todos los esperpentos de James —de hecho, no dice una palabra sobre estas grotescas posiciones de su veterana hermana feminista—, sí retoma su tesis central. Hace ya algunos años, como parte de una entrevista a Selma James, Pan y Rosas saludó retrospectivamente el folleto de 1972 El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, coescrito por James y la feminista italiana Mariarosa Dalla Costa, en el que éstas presentaron sus teorías sobre el “trabajo doméstico no remunerado” (ver Pan y Rosas No. 2, 22 de mayo de 2008). En Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo (Andrea D’Atri, Buenos Aires: Ediciones IPS, 2013), un libro que ha visto ya varias ediciones en al menos cinco países, la FT-CI retoma el núcleo de las tesis de Dalla Costa y James:
“El capitalismo, con el desarrollo de la tecnología, ha hecho posible la industrialización y, por tanto, la socialización de las tareas domésticas. Sin embargo, si esto no sucede es, precisamente, porque en el trabajo doméstico no remunerado descansa una parte de las ganancias del capitalista que, así, queda eximido de pagarle a los trabajadores y a las trabajadoras por las tareas que corresponden a su propia reproducción como fuerza de trabajo (alimentos, ropa, esparcimiento, etc.)”.
El trabajo doméstico no es fuente de la ganancia capitalista, la cual proviene de la plusvalía: el salario de un obrero corresponde a la parte de la jornada durante la cual éste produce el equivalente a lo que le cuesta mantenerse a sí mismo y a su familia. La otra parte de la jornada, el obrero trabaja sin remuneración, produciendo plusvalía que el capitalista se embolsa en forma de ganancias. Los genuinos comunistas estamos por poner fin a la esclavitud doméstica mediante la creación de instituciones colectivas gratuitas que se ocupen de todas esas tareas, incluyendo prominentemente la crianza misma de los niños. Esta perspectiva, que implica remplazar a la familia nuclear —la principal institución para la opresión de la mujer en el capitalismo—, sólo puede realizarse mediante la revolución socialista (ver también “El comunismo y la familia” en Espartaco No. 45, mayo de 2016).
El artículo que publicamos abajo, traducido de Women and Revolution No. 5 (primavera de 1974, antiguo órgano de la Comisión de la Mujer de la Spartacist League/U.S.), demuele desde los cimientos las teorías de Pan y Rosas, James y Dalla Costa, cuyo objetivo es hacer una mezcolanza antirrevolucionaria entre el feminismo burgués y el marxismo.
El folleto El poder de la mujer y la subversión de la comunidad de Mariarosa Dalla Costa (coeditado por Falling Wall Press y un grupo de individuos del Movimiento por la Liberación de la Mujer de Inglaterra e Italia, 2da. edición, febrero de 1973 [publicado en español por Siglo XXI en 1975]), con una extensa introducción de Selma James, ha provocado gran controversia en muchas organizaciones de mujeres, sobre todo en Europa e Inglaterra (ver, por ejemplo, los números más recientes de la revista Radical America, Vol. 7, Nos. 4 y 5, dedicados enteramente a las cuestiones ahí planteadas).
El poder de la mujer y la subversión de la comunidad es básicamente un intento de llevar más allá la simple redefinición tercermundista del concepto de clase, es decir, la afirmación de que los más oprimidos, los “parias de la tierra”, son las nuevas fuerzas revolucionarias. Abandonando esta línea, que hasta ahora había bastado a los feministas radicales, y citando el análisis de Marx del capitalismo, el folleto intenta probar que el papel de las mujeres en la producción capitalista es central y por lo tanto también debe serlo su papel en la revolución proletaria. Pero su intento fracasa miserablemente o, mejor dicho, sólo triunfa distorsionando totalmente el análisis de Marx de la producción capitalista.
En términos de contribuciones teóricas, el folleto no merece mayor atención por parte de los marxistas, pero, dado que muchas mujeres subjetivamente revolucionarias están buscando modos de integrar su feminismo al marxismo mediante el hallazgo de algún “eslabón perdido” programático, es importante refutar la pretensión fraudulenta de esta obra de ser un análisis marxista, pretensión que, de ser aceptada, sólo llevaría a las mujeres a otro callejón sin salida. ¡Lo cierto es que no existe ningún “eslabón perdido” entre el feminismo y el marxismo, dos perspectivas fundamental e implacablemente contrapuestas!
Además de este folleto, hay otras dos obras importantes donde se exponen las teorías de Dalla Costa y James. “Women, the Unions and Work, or What is Not to be Done” [Las mujeres, los sindicatos y el trabajo, o qué no hacer] de Selma James (publicado originalmente por Crest Press de Londres y luego por Canadian Women’s Educational Press de Toronto) es un ataque explícito contra la izquierda y en particular contra los sindicatos, a los que considera organizaciones estrechas y excluyentes a las que las mujeres deben oponerse. “Wages for Housework” [Salario para el trabajo doméstico] de Giuliana Pompei, con contribuciones de la discusión de una conferencia feminista celebrada en Padua en 1972 (editado por Cambridge Women’s Liberation, traducido por Joan Hall y reimpreso por Canadian Women’s Educational Press de Toronto), retoma el tema central de Dalla Costa de las amas de casa como obreras productivas y enfatiza la exigencia de “salario para el trabajo doméstico” (que la propia Dalla Costa no enfatiza).
Para los marxistas resulta frustrante lidiar con estas obras, por sus muchas contradicciones internas. Pese a ello, a continuación intentamos resumir algunos de los aspectos más importantes de la teoría. (Aunque James le atribuye a Dalla Costa el nuevo descubrimiento, ambas lo desarrollaron, y de hecho James aporta argumentos que no presenta Dalla Costa.)
Las teorías de Dalla Costa y James
  1. Las mujeres son productoras vitales para el capitalismo, aun cuando no trabajen fuera del hogar. “Lo que queremos decir precisamente es que el trabajo doméstico como trabajo es productivo en el sentido marxista, es decir, produce plusvalía”.
  2. Producen una mercancía “privativa del capitalismo: el ser humano, ‘el trabajador mismo’”. Este trabajador, al venderle su fuerza de trabajo al capitalista, le permite a éste usarla para producir un valor mayor al que paga por esa fuerza de trabajo, produciendo así plusvalía. Pero son las mujeres quienes realmente producen esa plusvalía, puesto que producen a los obreros y su fuerza de trabajo.
“La capacidad de trabajar reside sólo en el ser humano cuya vida se consume en el proceso de producción. Primero tiene que estar nueve meses en el útero, hay que alimentarlo, vestirlo y educarlo; después, cuando trabaja, hay que hacerle la cama, limpiarle el suelo, preparar su mochila, no satisfacer pero sí calmar su sexualidad, tenerle la comida preparada cuando llega a casa, aun cuando sean las ocho de la mañana, de regreso del turno de noche. Así es como la fuerza de trabajo se produce y reproduce cuando se consume diariamente en la fábrica o la oficina.
“Describir su producción y reproducción básicas es describir el trabajo de las mujeres”.
Así, al “trabajador mismo” se le identifica con la “fuerza de trabajo” como la mercancía producida.
  1. El descubrimiento de que la familia es uno de los centros de la producción capitalista se había mantenido oculto porque los marxistas tradicionalmente se han enfocado en la clase obrera (que James y Dalla Costa equiparan constantemente con los hombres), pero esta función vital también se mantiene oculta porque a las mujeres no se les paga un salario por su trabajo. “Dentro del hogar hemos descubierto nuestro trabajo invisible...el fundamento invisible —invisible porque no se paga— sobre el que descansa toda la pirámide de la acumulación capitalista” (Pompei, “Wages for Housework”). Eso lleva a la exigencia de “salario para el trabajo doméstico” como un modo de poner al descubierto la función de las mujeres.
  2. Esta división del proletariado entre asalariados (hombres) y no asalariados (mujeres), creada por la transición del feudalismo al capitalismo, fue el quiebre fundamental entre hombres y mujeres y la alienación de los hijos de ambos. Esta distinción entre asalariados y no asalariados debe eliminarse.
  3. “El capital estableció la familia como familia nuclear y subordinó, dentro de ella, la mujer al hombre... [E]l capital ha creado el papel femenino y ha hecho del hombre de la familia el instrumento de esta reducción”. La creación del trabajo asalariado completó la subordinación de la mujer, quien, por no recibir un salario, parece estar excluida de la producción social.
  4. Las mujeres ya no deben seguir aceptando esta función. Según James: “Si la producción de uno es vital para el capitalismo, negarse a producir, negarse a trabajar, es una palanca fundamental de poder social”.
  5. Las mujeres deben oponerse a la afiliación en sindicatos, pues “al igual que la familia, éstos protegen a la clase a expensas de las mujeres”. Al excluir a los no asalariados, los sindicatos dividen a la clase y hacen imposible la lucha común. Además, el capitalismo usa a los sindicatos específicamente para contener la combatividad obrera.
  6. También las organizaciones de izquierda deben ser rechazadas, por estar “dominadas por el hombre”. Además, la izquierda cree que la solución para las mujeres está simplemente en adquirir “conciencia sindical” o en adoptar las “formas de lucha que han utilizado tradicionalmente los hombres”, es decir, las formas del movimiento obrero organizado.
  7. James y Dalla Costa ofrecen “a las amas de casa una vida social que no es la de otro empleo. Les ofrecemos la lucha misma”. Así que las mujeres deben negarse a trabajar fuera del hogar y dentro de él, y en vez de ello participar en “la lucha misma”. “Los que propugnan que la liberación de la mujer de clase obrera depende de que obtenga un trabajo fuera de la casa forman parte del problema, no de la solución”. ¿Y cómo sobrevivirán las mujeres? El crecimiento del movimiento femenino les dará sustento.
Por qué las amas de casa no son trabajadoras productivas
Dos conceptos clave conforman la base de la teoría de Dalla Costa y James de las mujeres como trabajadoras productivas: su producción de trabajadores-fuerza de trabajo (es decir, la crianza de hijos y el cuidado del esposo-obrero) y su papel en el “consumo” (las compras, la cocina, etc.) “como parte de la producción”. El argumento de que estos dos aspectos hacen que el trabajo doméstico produzca plusvalía ignora dos distinciones cruciales que hizo Marx. Éstas son: 1) la diferencia entre el consumo industrial y el consumo privado (es decir, el consumo familiar) y 2) la diferencia entre el trabajo productivo bajo el capitalismo, es decir, el trabajo asalariado que le permite al capitalista obtener plusvalía, y el trabajo simple, que produce sólo valores de uso.
Después de afirmar que “los llamados marxistas habían dicho que la familia capitalista no producía para el capitalismo, no era parte de la producción social”, James admite que “el mismo Marx no parece haber dicho en ninguna parte que lo fuera”. James es una revisionista clásica, es decir, quiere usar la inmensa autoridad de Marx, pero para ello tiene que torcer sus palabras para hacerlas encajar con sus propias teorías. De este modo justifica la peculiar omisión de Marx de no haberse declarado explícitamente en apoyo a su teoría:
“Baste decir que, en primer lugar, Marx es el único que ve el consumo como una fase de la producción: ‘es producción y reproducción de ese medio de producción, tan indispensable para el capitalista: el trabajador mismo’ (El capital, vol. I, p. 481.) Segundo, sólo él nos ha dado las herramientas para hacer nuestro propio análisis. Y finalmente, nunca fue culpable de los disparates que Engels, a pesar de sus numerosas aportaciones, nos ha echado encima...”.
Consumo privado vs. consumo industrial
Hay dos clases de consumo en el capitalismo, el industrial y el privado. Marx escribe:
“El consumo del obrero es de dos clases. En la producción misma, su trabajo consume medios de producción... Y, por otra parte, el obrero invierte en medios de vida el dinero que le paga el comprador de la fuerza de trabajo: es su consumo individual. Consumo productivo y consumo individual del obrero son, por tanto, totalmente distintos entre sí. En el primero el obrero actúa como fuerza motriz del capital y pertenece al capitalista; en el segundo, se pertenece a sí mismo y ejerce sus funciones de vida, al margen del proceso de producción”.
—El capital, Tomo 1, capítulo XXI (énfasis añadido)
Desde luego, los capitalistas toman en cuenta este consumo privado, pues es necesario para mantener y reproducir la fuerza de trabajo, sin la cual el capitalismo no puede existir, y como tal se le considera “un aspecto necesario del proceso de producción”. Pero, señala Marx, “el capitalista puede confiar tranquilamente el cumplimiento de esta condición al instinto de conservación y perpetuación de los propios trabajadores”. El hecho de que comer, vivir y reproducirse sea necesario no hace que la familia sea un “centro de la producción social”. Estas actividades tienen lugar independientemente de la forma de la producción social. El consumo individual en el hogar no es producción capitalista, pues la familia no le pertenece al capitalista. El obrero se pertenece a sí mismo y vende su fuerza de trabajo al capitalista. Éste no tiene que preocuparse de cómo el obrero se reproduce y vive (salvo para asegurarse de que se siga viendo forzado a vender su fuerza de trabajo). Así, si bien en el sentido más amplio, el consumo individual privado es un “aspecto” de la producción, es decir, se le toma en cuenta, sobre todo en el cálculo de los salarios, no es, en ningún sentido, producción capitalista. Es por eso que Marx dice que el consumo privado individual tiene lugar al margen del proceso de producción.
Trabajo productivo
Dalla Costa y James abusan violentamente del concepto marxista de “trabajo productivo”. No es claro para quién se realiza este “trabajo productivo” en el hogar, dado que el capitalista no es dueño de la familia nuclear. Claramente Dalla Costa no quiere hacernos creer que el ama de casa sea una esclavista (pues produce “seres humanos” que son mercancías), ni una minicapitalista (dado que posee sus “medios de producción”, que son sus órganos reproductivos). Dalla Costa dice que las mujeres “producen” gente. En el sentido biológico, eso es cierto. Pero esa “producción” no es “trabajo productivo” en el sentido marxista, como ella afirma.
James dice que la mercancía que ellas producen son los “seres humanos”. En otra parte, se refiere a esta mercancía como la “fuerza de trabajo”. Pero debe hacerse la distinción. Bajo el capitalismo, los seres humanos no son mercancías (como lo son en las sociedades esclavistas). Bajo el capitalismo los obreros son “libres” de vender su fuerza de trabajo. Es precisamente la venta de esa fuerza de trabajo como mercancía y su alienación con respecto a los obreros lo que caracteriza la producción capitalista:
“...la fuerza de trabajo sólo puede aparecer en el mercado como mercancía siempre y cuando sea ofrecida en venta o vendida como una mercancía por su propio poseedor, la persona cuya fuerza de trabajo es. Y, para que su poseedor la venda como mercancía, necesita poder disponer de ella, es decir, ser propietario libre de su capacidad de trabajo, de su persona”.
—Marx, op. cit. Tomo 1, capítulo IV, subtítulo 3
Pero tampoco el otro trabajo que las mujeres realizan en el hogar —el cuidado, alimentación y mantenimiento general de los obreros (maridos)— es trabajo productivo en el sentido marxista. La pregunta clave que hay que hacerse respecto a este trabajo es: ¿produce valor? y, si es así, ¿cómo se determina el valor de esta “fuerza de trabajo”? Porque si el trabajo de las amas de casa produjera valor, éste debería encarnarse en la mercancía —la fuerza de trabajo, según Dalla Costa— que este trabajo mantiene.
La producción de fuerza de trabajo es producción simple de mercancía. La fuerza de trabajo se produce y se vende a cambio de valores de uso con los cuales se satisfacen las necesidades humanas inmediatas. Ira Gerstein, en su artículo “Domestic Work and Capitalism” (Trabajo doméstico y capitalismo, publicado en Radical America Vol. 7, Nos. 4 y 5), contrasta esta producción simple de mercancías con la producción capitalista:
“La producción es limitada, porque la cantidad producida no puede rebasar la capacidad, el deseo y la necesidad de consumo del ser humano, que son finitos. En cambio, el fin del capitalista es aumentar continuamente la plusvalía. Esto no tiene nada que ver con su consumo personal... La fuerza de trabajo no se aumenta sin límite como un modo independiente de apilar riqueza”.
Marx analiza de este modo el valor de la fuerza de trabajo:
“El valor de la fuerza de trabajo, como el de cualquier otra mercancía, se determina por el tiempo de trabajo necesario para producir y también, naturalmente, para reproducir este artículo específico. En cuanto valor, la fuerza de trabajo representa solamente una determinada cantidad del trabajo social medio materializado en ella...
“La cantidad de medios de vida necesarios para producir la fuerza de trabajo incluye, por tanto, los que hacen falta para sostener a los sustitutos, es decir, a los hijos de los trabajadores, asegurando la perpetuación en el mercado de esta raza de poseedores de una mercancía excepcional...
“El valor de la fuerza de trabajo se traduce en el de una determinada cantidad de medios de vida”.
—Ibíd.
La fuerza de trabajo se crea mediante el consumo de bienes materiales (alimento, ropa) y de servicios (atención médica, educación). La suma del valor de estos medios de sustento es el valor de la fuerza de trabajo. El trabajo doméstico que realizan las amas de casa al procesar estas mercancías claramente no se toma en cuenta cuando se calcula el total. El trabajo doméstico no le añade valor a la mercancía fuerza de trabajo. Esto no significa que las mujeres no trabajen dentro del hogar, pero esta esclavitud doméstica no es producción capitalista y por lo tanto no se considera al analizar las relaciones productivas capitalistas.
La producción de fuerza de trabajo
Según Gerstein, “la fuerza de trabajo es la única mercancía de la sociedad capitalista cuya producción general no se realiza de manera capitalista”. Sin embargo, hay otras mercancías que no se producen “de manera capitalista” en el capitalismo; por ejemplo, las materias primas naturales, como los peces que se pescan en el mar. Estos existen y se reproducen a sí mismos, aunque no de manera capitalista. Y la producción de seres humanos, que poseen en sí mismos la capacidad de trabajo, debe verse del mismo modo que la de esos otros productos naturales, puesto que la propagación de la especie humana es un acto natural. La autoproducción de las cosas y los servicios que el obrero y su familia consumen tiene lugar fuera del conjunto de la economía política capitalista. Es, además, una actividad universal de los seres vivos (el “instinto de conservación” que Marx señala). James, al insistir obstinadamente en que “en el capitalismo no hay nada que no sea capitalista”, oscurece la distinción fundamental entre la producción de fuerza de trabajo y la producción capitalista.
Cuando decimos que la propagación es un “acto natural”, debe quedar claro, sin embargo, que la forma de familia en que esta propagación se organiza no está determinada simplemente por la biología, sino por la sociedad.
Orígenes de la familia
¿Cómo fue que las mujeres se vieron esclavizadas en el hogar? No fue el capitalismo quien creó esta esclavitud doméstica, cuyos orígenes, mucho más antiguos, surgieron del desarrollo de la propiedad privada y del excedente social que los hombres acumularon de su trabajo. Según Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, en la Edad de Piedra la tierra pertenecía en común a todos los miembros de la tribu. Si bien había una división del trabajo entre los sexos, también había igualdad, pues todos participaban en el trabajo productivo y contribuían a la economía. Cuando con el tiempo aumentó la capacidad productiva de los seres humanos, se hizo redituable el utilizar esclavos —la primera forma de propiedad privada—. El ganado, la tierra y otras formas de propiedad también se privatizaron por primera vez, provocando una revolución al interior de la familia. Los hombres siempre habían sido responsables de procurar las necesidades de la vida, pero ahora, a pesar de que la división del trabajo al interior de la familia se mantuvo esencialmente inalterada, el trabajo doméstico que realizaban las mujeres dejó de contar en comparación con el poder económico de los hombres. Engels concluyó que las mujeres podrían conquistar la igualdad con los hombres sólo cuando volvieran a participar en igual medida que ellos en la producción económica general.
James dice que Marx “nunca fue culpable” de estos “disparates” de Engels. Pero, si esto es cierto, es sólo porque Marx murió (en 1883) un año antes de que Engels completara esta obra que ambos habían concebido como un libro conjunto. De hecho, en el prefacio a la primera edición, Engels afirma: “Los capítulos siguientes vienen a ser, en cierto sentido, la ejecución de un testamento. Carlos Marx se disponía a exponer personalmente los resultados de las investigaciones de Morgan...tengo a la vista, junto con extractos detallados que hizo de la obra de Morgan, glosas críticas que reproduzco aquí, siempre que cabe”.
Dalla Costa y James sostienen opiniones divergentes en cuanto a la cuestión de los orígenes de la opresión de la mujer, y ambas se equivocan. James afirma que el sexismo primordial es la raíz de la opresión de la mujer. Dalla Costa, por su parte, afirma que es resultado de las relaciones económicas capitalistas, tesis que la lleva a afirmar que la posición de la mujer en la sociedad feudal era en cierto modo más progresista:
“En la medida en que los hombres han sido las cabezas despóticas de la familia patriarcal...la experiencia de las mujeres, los niños y los hombres fue una experiencia contradictoria... Pero, en la sociedad precapitalista, el trabajo de cada uno de los miembros de la comunidad de siervos se consideraba dirigido a un objetivo: o bien la prosperidad del señor feudal o nuestra supervivencia... El paso de la esclavitud a la fuerza de trabajo libre separó al hombre proletario de la mujer proletaria...”.
La insistencia de Dalla Costa y James en la importancia del trabajo productivo de las amas de casa como central en su potencial revolucionario contradice las afirmaciones de que: 1) con la transición desde el feudalismo, la mujer fue excluida del trabajo productivo por la fuerza, y 2) el feudalismo era menos opresivo para las mujeres que el capitalismo, puesto que en aquél las mujeres eran reconocidas como trabajadoras productivas.
El capitalismo en realidad sentó las bases para la liberación de la mujer, porque: 1) una vez más, abrió el camino a la participación de las mujeres en la producción social, creando oportunidades para el desarrollo de su conciencia social y para la lucha organizada contra la opresión fuera de la estructura unifamiliar aislada; y 2) el ascenso del concepto burgués del individuo libre —contrapuesto a las nociones medievales del linaje, el privilegio aristocrático y la dominación religiosa, que codificaban la creencia de que la mujer era inferior— sentó las bases intelectuales para el reconocimiento de las mujeres como humanos plenos con derechos iguales a los del hombre, un concepto totalmente ajeno a la mentalidad medieval (y aparentemente irrelevante para Dalla Costa).
El capitalismo creó las bases de la emancipación de la mujer mediante el desarrollo de las fuerzas productivas, pero ya hace mucho que ha sobrevivido a su papel histórico progresista y ahora constituye una barrera tanto al mayor desarrollo de las fuerzas productivas como a la emancipación de la mujer. Las mujeres no podrán ser libres mientras no se elimine la escasez, no se abolan las clases y no se remplace la familia. En otras palabras, no podrán ser libres mientras no se establezca la sociedad socialista.
La familia bajo el capitalismo
La perpetuación de la unidad familiar monógama en las sociedades capitalistas avanzadas no se debe a un diabólico complot de los capitalistas para extraer cada vez más ganancias de la clase obrera. Incluso en su forma actual, la familia le cuesta a los capitalistas, en pesos y centavos, más que si sus funciones fueran socializadas. El valor que la familia tiene para la burguesía no radica en la eficiencia con que produce fuerza de trabajo, sino en su utilidad como reserva de pequeña propiedad privada y pequeña producción, que hacen de ella un freno ideológico a la conciencia social. Es por eso —así como para liberar a las mujeres de la esclavitud del trabajo doméstico repetitivo, vacuo y enervante— que una de las tareas de la revolución socialista será remplazar a la familia.
La función económica originaria de la familia monógama fue la transmisión de la propiedad privada por medio de la herencia. Esta función sólo es económicamente útil para las clases propietarias, no para el proletariado, que posee pocas cosas de valor que heredar. Así, está en el interés material de la clase obrera el cumplir con el papel históricamente progresista de socializar las funciones de la familia después de la revolución.
Pero, además de ello, la ideología reaccionaria de la familia nuclear también hace posible organizar a las amas de casa de la clase obrera para fines reaccionarios, puesto que su conciencia tiende a centrarse en la defensa y extensión de cualquier pequeña propiedad que su familia pueda poseer. Así, en Chile, en 1971, la oposición de los demócratas cristianos y del Partido Nacional pudo organizar con éxito grandes manifestaciones de amas de casa (como amas de casa) contra el régimen de Allende. No hay nada en la estructura de la familia que pueda llevarnos a suponer respecto de las amas de casa, como hacen James y Dalla Costa, que “cuando llega la hora de manifestarse, nada las detiene y hacen lo que saben que hay que hacer”, ni tampoco que consideren que lo “que hay que hacer” es contribuir a derrocar al capitalismo, y no a mantenerlo.
La respuesta de Dalla Costa y James a la opresión de las mujeres es que las mujeres deben retirarse completamente de la sociedad capitalista, llevándola así a colapsar. Si trabajan en una fábrica, deben renunciar, pues reclutar mujeres a la fuerza de trabajo es un complot capitalista para impedir la revolución. “El gobierno, actuando en el interés de la clase capitalista...ha creado el desempleo” para que “...nos conformemos con las migajas que el amo deja caer de su mesa”. Esta teoría de la historia como una conspiración diabólica supone que los capitalistas son totalmente libres de hacer lo que les plazca independientemente de las leyes del movimiento de la economía capitalista. Lo cierto, sin embargo, es que en las condiciones de la sociedad imperialista decadente a los capitalistas les es imposible ofrecer pleno empleo, ¡quiéranlo o no!
Y los obreros, lejos de ser simples crédulos, ¡se ven bajo la obligación económica de trabajar! Pero James y Dalla Costa pasan esto por alto. Su concepción de por qué la gente hace las cosas se basa no en el mundo material sino en una concepción idealista de la realidad.
Los sindicatos y la izquierda
Dalla Costa y James también argumentan que, dado que al trabajar se sufre explotación y por lo tanto debe evitarse, las organizaciones que se centran en el lugar de trabajo, es decir, los sindicatos, también son malos. Los sindicatos “dividen” porque toman en cuenta sólo a los asalariados e ignoran al resto del “proletariado” (es decir, a los ancianos, los enfermos, los bebés y las amas de casa). Esto no es más que la vieja práctica de la Nueva Izquierda de identificar al más oprimido con el más revolucionario.
Sin embargo, no fueron los sindicatos quienes crearon las hostilidades entre los distintos sectores sociales —sexuales, raciales, entre empleados y desempleados— que debilitan a la clase obrera. Estas hostilidades son parte integral de la sociedad de clases, son manifestaciones de la ideología burguesa que los sindicatos no crean pero que sí reflejan (en la medida en que siguen sometidos a direcciones conservadoras). Los sindicatos son básicamente organizaciones defensivas de la clase obrera destinados a proteger cualquier conquista económica que hayan podido arrebatar a la clase capitalista. Por lo tanto, los marxistas deben defender a los sindicatos y tratar de extenderle su protección a todos los obreros. Existe una brecha crucial, que James ignora, entre los apetitos de la burocracia sindical actual, que sirve como agente del capital al interior de la clase obrera para mantenerse en el poder, y las bases sindicales, que no tienen trabajos fáciles ni ostentosos planes de pensiones que los protejan, ni la oportunidad de participar en la colaboración de clases con los capitalistas.
Los marxistas nunca hemos dicho que la organización sindical o la “conciencia sindical” sea suficiente por sí misma para hacer una revolución. Si así fuera no haría falta un partido revolucionario de vanguardia. James da una idea falsa a su audiencia cuando escribe:
“Se nos dice que debemos llevar a la mujer lo que llaman ‘conciencia sindical’. Esta frase es de Lenin y procede de un folleto titulado ¿Qué hacer?”.
Esto claramente implica que para Lenin la “conciencia sindical” era “la respuesta”. ¡Pero todo el punto del ¿Qué hacer? es precisamente la necesidad de trascender la mera conciencia sindical! Lenin escribe:
“El movimiento obrero espontáneo sólo puede crear por sí mismo el tradeunionismo (y lo crea de manera inevitable), y la política tradeunionista de la clase obrera no es otra cosa que la política burguesa de la clase obrera”.
—V.I. Lenin, ¿Qué hacer?
Es verdad que algunas organizaciones de izquierda, e incluso supuestos trotskistas, van a la cola de manera oportunista y acrítica de todo burócrata “de izquierda” y se adaptan a los aspectos más atrasados de la conciencia obrera, pero esto es una traición al marxismo, que la Spartacist League ha denunciado consistentemente. La acusación generalizadora de Dalla Costa de que “la izquierda” está “dominada por hombres” es particularmente insultante para las revolucionarias mujeres, pues supone que los hombres dominarán automáticamente cualquier organización, y que, sin importar su nivel de conciencia, las mujeres nunca podrán hablar por sí mismas. Esta acusación también es insultante para los revolucionarios hombres, pues se basa en la incapacidad de trascender una visión machista del mundo y de hacer causa común con las mujeres. Todo se reduce, una vez más, a la sentencia de la Nueva Izquierda de que “sólo los oprimidos pueden entender realmente su propia opresión”.
Conclusiones
Hay mucha confusión en las organizaciones de mujeres respecto a qué conclusiones sacar de las obras de Dalla Costa y James. Esto se debe a que su retórica de “lucha de clases” oscurece en parte el odio real que le tienen a esa lucha y la hostilidad que sienten por el proletariado. En realidad, Dalla Costa y James no tienen programa alguno para la liberación de la mujer. Su “programa” no es más que el rechazo: las mujeres deben rechazar el trabajo, deben rechazar a la izquierda, deben rechazar el hogar, deben rechazar a sus maridos, etc. ¿Y cuál es el sustituto que proponen? Sólo la deliberadamente vaga “lucha misma”. ¿Luchar por qué? Pompei responde: “Lo que queremos no es ser más productivas, no es ir a que nos exploten mejor en otro lado, sino trabajar menos y tener más oportunidades de experiencias sociales y políticas”. Ciertamente es un deseo legítimo, y uno que comparten todos los oprimidos y explotados. Pero soñar que esto se puede conseguir sin aplastar la sociedad de clases capitalista es puro utopismo. Sin entender cómo opera el capitalismo y cómo puede ser derrocado, todas las demandas programáticas concretas se vuelven meras reformas cosméticas, cuyo efecto es reforzar al sistema, en vez de derrocarlo.
En el corazón de las tesis de Dalla Costa y James yace la creencia de que las mujeres pueden retirarse de la sociedad capitalista y encontrar un camino propio y exclusivo a la salvación fuera de las relaciones capitalistas. ¿Y por qué hacer encajar a las amas de casa en el sistema económico capitalista si su fuerza yace al margen de éste? Ésa es la más flagrante de todas sus contradicciones.
La razón por la que Dalla Costa y James intentan hacer encajar a las amas de casa en el molde de los “trabajadores productivos” de Marx es simplemente que no pueden enfrentar de ningún otro modo el desafío que el marxismo representa para su visión feminista del mundo. Esta delgada capa de “marxismo” no es más que una cubierta para la vieja ideología de la Nueva Izquierda de que todo el que trabaja ya se vendió, ignorando totalmente la férrea necesidad, que enfrenta la mayor parte del mundo, de trabajar o morirse de hambre. Es un reflejo de la visión del mundo de los pocos privilegiados, los “radicales” pequeñoburgueses que han glorificado el primitivismo al grado de saludar a los hambrientos y enfermos campesinos de subsistencia del “Tercer Mundo” como la nueva fuerza revolucionaria. Y mientras estos radicales de sofá refinan sus teorías en la comodidad del aire acondicionado, los campesinos a los que idealizan son masacrados debido al primitivismo de sus recursos. Aunque está bien que James trate de “superar esta culpa de vivir en un departamento alfombrado”, no es un problema que tenga la mayoría de las mujeres (ni de los hombres), que tienen que luchar para comer, para ganarse la vida de algún modo, y para hallar la manera de superar la muy real opresión material que sufren, una opresión creada por una sociedad de la que no pueden escapar. James les dice a estas mujeres que dejen de trabajar, que rechacen los salarios de sus esposos y que vivan de...¿de qué? ¿Del aire? ¿O las va a invitar a todas a dormir en su departamento alfombrado? ¿A eso se refiere cuando dice que “el movimiento les dará sustento”? Para lo único que sirven las teorías de Dalla Costa y James es para jugar a la revolución sin ninguna intención real de buscar activamente aplastar al capitalismo. Como dijo Marx, “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. De lo que se trata no es de darle la espalda al capitalismo ni de crear en su interior una alternativa para los bohemios pequeñoburgueses, sino de aplastarlo para siempre y comenzar la construcción de una sociedad socialista.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/46/james.html
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2016.06.02 00:42 ShaunaDorothy Canadá: Opresión de la mujer y reacción racista - El asesinato de “honor” de Aqsa Parvez (Invierno de 2008-2009)

https://archive.is/OZWPQ
Espartaco No. 30 Invierno de 2008-2009
Canadá: Opresión de la mujer y reacción racista
El asesinato de “honor” de Aqsa Parvez
(Mujer y Revolución)
El siguiente artículo ha sido adaptado de Spartacist Canada No. 156 (primavera de 2008).
El 10 de diciembre de 2007, Aqsa Parvez, una joven de 16 años de ascendencia paquistaní de un suburbio de Toronto, fue estrangulada por su padre tras negarse a usar el hijab (la mascada que cubre el pelo y el cuello) islámico. Murió en el hospital al día siguiente. Su padre fue acusado de asesinato y su hermano mayor de obstruir a la policía.
Aqsa acababa de abandonar su casa intentando escapar de las restricciones que le imponía su religiosa familia. Su muerte suscitó grandes muestras de dolor por parte de sus muchos amigos, entre los que había jóvenes mujeres negras, adolescentes del sureste asiático y blancos, entre otros. Sus compañeros de clase declararon al Toronto Star (11 de diciembre de 2007) que Aqsa llevaba meses discutiendo con sus padres respecto a usar el hijab. “No quería ir a su casa…a tal grado que prefería ir a los albergues”, dijo uno. “Su padre y su hermano la habían amenazado”, comentó otro; “él le dijo que si se iba, la mataba.”
El asesinato de Aqsa Parvez ocurrió después de una serie de homicidios de mujeres sij en British Columbia (B.C.) por parte de sus esposos y otros parientes. Mujeres originarias del sureste asiático organizaron en la Lower Mainland de B.C. protestas contra estos asesinatos e intentos de asesinato en el otoño de 2006 y de nuevo en la primavera de 2007. La violencia contra la mujer cruza las líneas étnicas y de clase con una indiferencia brutal. Pero los asesinatos de Aqsa Parvez y las mujeres sij en B.C. son algo diferente. Como los asesinatos de mujeres turcas y kurdas por parte de sus parientes varones en Alemania, Gran Bretaña, Suecia y otros países imperialistas en años recientes —y los incontables asesinatos de este tipo que tienen lugar en el Medio Oriente, el centro y sur de Asia— éstos fueron esencialmente asesinatos de “honor”. Estos brutales asesinatos surgen del choque entre el deseo de las mujeres de independizarse de su cultura “tradicional” y el legado de las normas sociales y económicas precapitalistas que sobreviven en grandes franjas del mundo.
Los asesinatos de “honor” reflejan el trato que reciben las mujeres como propiedad de sus padres o maridos. Como la mayoría de las adolescentes, Aqsa Parvez quería tomar sus propias decisiones respecto a cómo vestirse, qué amigos frecuentar y qué futuro tener. Pero para su padre, esto representaba una afrenta al control que ejercía sobre su hija como está prescrito por el Islam. Un patrón que compartían las mujeres sij asesinadas en B.C. era su relativa independencia económica, con empleos como maestras, enfermeras, ingenieras de software, etc. Esta independencia choca con la sociedad tradicional sij, en la que los matrimonios arreglados y la dote son la norma. También ha habido un aumento en los abortos selectivos de fetos femeninos entre la población originaria del sureste asiático en el área de Vancouver.
Los asesinatos subrayan la explosiva combinación de la opresión de la mujer y el racismo antiinmigrante en el Canadá actual. Sectores de la prensa burguesa han tratado de utilizarlos para azuzar la intolerancia antiinmigrante. Denunciamos todos los intentos de explotar estos horribles crímenes para atizar la reacción contra los inmigrantes y las minorías étnicas. Llamamos por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes, denunciamos el que se use como chivos expiatorios a los musulmanes bajo la “guerra contra el terrorismo” de la burguesía y defendemos el derecho de las minorías étnicas a practicar sus religiones. En particular, nos oponemos a las prohibiciones estatales del velo y otros emblemas y vestimentas religiosos. Esto sólo lograría aumentar el aislamiento de las mujeres musulmanas en sus hogares, al reforzar el atraso social, incluyendo la sujeción religiosa y familiar, y profundizar su opresión.
Al mismo tiempo, nos solidarizamos con las muchas mujeres que han luchado por sacudirse las crueles constricciones del tradicionalismo religioso —incluyendo al velo, símbolo e instrumento de la subordinación de la mujer bajo el Islam—. Los ataques racistas contra los musulmanes y los sijs en el Canadá actual no mitigan de ninguna manera los horribles crímenes como los asesinatos de “honor”.
Asesinatos de “honor”, la opresión de la mujer y la familia
La subyugación de la mujer en países subdesarrollados como Pakistán o India, así como en las comunidades inmigrantes dentro de Canadá, no tiene sus raíces en ninguna cualidad distintivamente reaccionaria del Islam o el sijismo, como argumentan algunos ideólogos derechistas. La institución de la familia —principal vehículo de transmisión de la propiedad privada y de regimentación de la sociedad— es la principal fuente de opresión de la mujer. Esto se aplica tanto a países imperialistas como a países subdesarrollados. El cristianismo también tiene una historia larga y horripilante de brutalidad antimujer, que continúa hasta la fecha, como las barbáricas cruzadas de “valores familiares” de los fundamentalistas cristianos contra el aborto, el control de la natalidad y los derechos homosexuales.
Sin embargo, el ascenso de la propiedad capitalista y de la Ilustración minaron profundamente las atrasadas relaciones sociales feudales, enraizadas en la agricultura, que en gran medida fueron barridas conforme Europa Occidental y América del Norte se desarrollaban como sociedades industriales avanzadas. El poder de la iglesia se restringió, y la condición de la mujer fue mejorando a través de luchas sociales. En el Medio Oriente y el sur de Asia, sin embargo, el capitalismo llegó tardíamente —y llegó con el colonialismo europeo, que se alió con las potencias feudales locales—. La penetración imperialista bloqueó el camino del desarrollo social y económico. Así, las religiones de Oriente no se adaptaron del mismo modo que el cristianismo (o el judaísmo), y la barbarie antimujer sigue siendo, correspondientemente, más profunda y abierta.
El cercano colaborador de Karl Marx, Friedrich Engels, explicó las bases materiales de la opresión de la mujer en su obra clásica El origen de la familia, la propiedad privada y el estado (1884). Bajo el “comunismo primitivo” de la Edad de Piedra, donde prevalecía una igualdad primitiva, la división de trabajo entre el hombre y la mujer derivaba de la biología (las mujeres tenían que parir y criar a los jóvenes) y no implicaba un estatus social subordinado. Los avances tecnológicos, particularmente el desarrollo de la agricultura, crearon por vez primera un excedente social. Una minoría se apropió de este excedente, lo que produjo la división de la sociedad en clases.
Con las clases vino el desarrollo de la institución de la familia, que Engels llamó “la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo”. El hecho biológico de parir y criar a los niños quedó atado en adelante a la opresión social de la mujer. Como medio para consolidar la riqueza en las manos de una pequeña minoría, la familia patriarcal decretó la monogamia de la mujer para determinar la herencia de la propiedad. El concepto de “honor familiar”, es decir, el control sobre la sexualidad de la mujer por el padre o el esposo, lejos de ser exclusivamente islámico o sij, está conectado con el modo de producción en el que un clan —serie de familias extendidas emparentadas— posee y trabaja la tierra en común. Como señaló Engels:
“Para asegurar la fidelidad de la mujer y, por consiguiente, la paternidad de los hijos, aquélla es entregada sin reservas al poder del hombre: cuando éste la mata, no hace más que ejercer su derecho.”
La barbarie imperialista y la subyugación de la mujer
Hasta el día de hoy, los gobernantes imperialistas del mundo, unidos a los de las naciones capitalistas, refuerzan todo lo que es retrógrado para afianzar su dominio. Esto puede verse con toda claridad en el caso de Afganistán. Los imperialistas estadounidenses y canadienses y sus apologistas han usado la brutal opresión de la mujer afgana bajo el anterior régimen talibán para justificar la ocupación colonial de ese país. Pero los degolladores islámicos antimujer llegaron al poder en Afganistán a principios de los años 90 con el apoyo del imperialismo estadounidense y canadiense, así como de los socialdemócratas del NDP [New Democracy Party]. Y hoy el régimen títere de Estados Unidos en Kabul continúa y defiende la misma horrenda opresión de la mujer.
Por más de una década, empezando en 1979-80, la CIA organizó y armó a los “guerreros santos” muyajedín contra la Unión Soviética y sus aliados en el gobierno afgano. Ésta fue la primera guerra de la historia moderna en la que los derechos de la mujer fueron una cuestión central. Mientras el gobierno apoyado por los soviéticos procuraba instituir reformas progresistas, como reducir el precio de novia a una suma nominal y darle educación a las niñas y mujeres, los degolladores afganos de la CIA eran conocidos por arrojar ácido a la cara de las mujeres sin velo y fusilar a los maestros que educaban niñas.
Cuando, cumpliendo la petición urgente del gobierno, los soviéticos enviaron tropas en diciembre de 1979, nosotros dijimos: “¡Viva el Ejército Rojo!” y “¡Extender las conquistas sociales de la Revolución de Octubre a los pueblos afganos!” Enviar al ejército a barrer con la insurgencia reaccionaria abrió el camino a la liberación social de los pueblos afganos. Eso subrayó nuestro entendimiento trotskista de que la Unión Soviética era un estado obrero, producto de la revolución socialista proletaria de Octubre de 1917, pese a su degeneración bajo la nacionalista burocracia estalinista.
Los efectos liberadores de la intervención soviética se reflejaron en hechos indiscutibles. En 1988, las mujeres representaban el 40 por ciento de los médicos y el 60 por ciento de los maestros de la Universidad de Kabul; 440 mil estudiantes mujeres se inscribieron en instituciones educativas y 80 mil más en programas de alfabetización. La vestimenta occidental era común en las ciudades, y las mujeres disfrutaban de una medida verdadera de libertad frente al velo y la subyugación, por primera vez en la historia afgana. Pero en lugar de luchar por derrotar a la insurgencia musulmana de la CIA, los estalinistas del Kremlin bajo Mijaíl Gorbachov retiraron criminalmente las tropas soviéticas en 1989. Ésta fue una enorme traición a las mujeres, los obreros y los izquierdistas de Afganistán; pavimentó el camino al triunfo de los degolladores rabiosamente antimujer de Washington, y para entregar a la Unión Soviética misma a la contrarrevolución dos años después: una derrota colosal para los obreros del mundo.
El vergonzoso silencio de los feministas y la izquierda
Comprometidos con sus “propios” gobernantes capitalistas, durante los años 80 la mayoría de los grupos izquierdistas y feministas de Canadá apoyaron a los fanáticos islámicos antimujer en Afganistán contra la Unión Soviética y los derechos de la mujer. Dos décadas después, la mayor parte de los feministas y la izquierda reformista ha respondido al escándalo de los asesinatos de “honor” dentro de Canadá con un silencio deshonroso.
En un artículo de Internet del 14 de diciembre de 2007 bajo el título “¿Quién hablará por Aqsa Parvez?”, Natasha Fatah, productora del programa de radio de CBC “As it happens” (Mientras sucede), señaló enojada que “los grupos de apoyo a la mujer han estado mudos respecto a esta cuestión. Cuando se le pregunta a los feministas canadienses sobre su reacción al asesinato de Aqsa, se rehúsan a responder y en lugar de ello sugieren que sería más apropiado acudir a grupos de mujeres musulmanas para que reaccionen... Hasta ahora, los únicos que han hablado honestamente son las muchachas que asisten a la secundaria Applewood Heights de Mississauga [el suburbio donde Aqsa vivía].”
Varios grupos han llamado por que el gobierno tome una “postura firme”. Pero estos llamados llevan fácilmente a apoyar las reaccionarias demandas de prohibiciones estatales al hijab. Ésta es la posición, por ejemplo, de la Campaña Internacional Contra el Tribunal Shari’a en Canadá, cuyos activistas fundadores están asociados con el Partido Obrero-Comunista de Irán. Su petición en línea afirma que “vestir o portar cualquier símbolo religioso, como el hijab islámico, debería estar prohibido en las escuelas.” Prohibir la mascada en las escuelas o cualquier otra área de la vida pública alentaría a los racistas antiinmigrantes y sólo profundizaría el aislamiento y la opresión de las mujeres y niñas musulmanas.
¡Por lucha de clases contra el capitalismo canadiense!
El extendido racismo de la sociedad capitalista canadiense refuerza la reaccionaria sujeción de la religión y la familia sobre las mujeres inmigrantes, y no sólo es una cuestión de los prejuicios descarados de los derechistas en los programas de opinión en la radio y la franja extrema del partido Tory. El programa supuestamente liberal del multiculturalismo sirve para aumentar la segregación racial y cultural de las comunidades minoritarias y el control de los “líderes comunitarios” con sus vínculos con la iglesia, la mezquita o el templo.
Para la clase dominante capitalista canadiense no hay contradicción alguna entre difamar a los musulmanes como “terroristas” y simultáneamente promover a los elementos reaccionarios entre el clero musulmán. Ambas medidas refuerzan el grillete del capitalismo, usando a las minorías como chivos expiatorios por un lado y regimentándolas por el otro. Uno de los propósitos centrales del multiculturalismo es oscurecer el hecho de que las comunidades minoritarias étnicas e inmigrantes, al igual que el resto de la sociedad, están divididas en clases. La lucha de los obreros inmigrantes y de otras minorías por empleos, sindicatos e igualdad requiere romper el grillete de los religiosos y otros supuestos “líderes comunitarios”. La lucha por los derechos de la mujer es explosiva precisamente porque representa un desafío frontal a esos líderes.
Las ideas reaccionarias se sostienen y crecen en periodos reaccionarios. Especialmente desde la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética en 1991-92, preparada por décadas de mal gobierno burocrático estalinista, ha tenido lugar un ascenso de toda clase de fundamentalismos: el fundamentalismo protestante en Norteamérica (los que ponen bombas en las clínicas de aborto, el gobierno de Bush que trata de ocultar el hecho científico de la evolución para enseñar “creacionismo” en las escuelas públicas); el fundamentalismo judío ortodoxo en Israel; un alcance cada vez mayor de la iglesia católica dentro de la sociedad civil en Europa; el fundamentalismo islámico en los países musulmanes y en países imperialistas con grandes poblaciones musulmanas. Todas las variantes del “opio del pueblo”, como Marx llamó a la religión, se diseminan libremente. El crecimiento de esta falsa conciencia tiene sus raíces en la desesperación y en la mentira de que la lucha de clases y el comunismo auténtico ya no son posibles.
Nuestra perspectiva marxista para la liberación de la mujer tiene sus raíces en el entendimiento de que la lucha clasista del proletariado contra el capitalismo no sólo es posible, sino que es desesperadamente necesaria. Lejos de ser simples víctimas irremediables de un sistema opresivo y patriarcal, cientos de miles de trabajadoras inmigrantes en este país tienen un verdadero poder social potencial en el punto de producción, junto con sus compañeros de trabajo hombres y nativos. Las trabajadoras inmigrantes han desempeñado un papel dirigente en las luchas contra los ataques de la clase dominante y sus gobiernos. En el curso de estas luchas, las divisiones y prejuicios que los capitalistas impulsan para dividir a los trabajadores pueden trascenderse.
La liberación de la mujer empieza con la lucha de clases y se conseguirá finalmente cuando la clase obrera tome el poder, sentando las bases para liberar a la mujer de la servidumbre familiar ancestral, y reorganice la sociedad en el interés de todos los oprimidos. La familia no puede simplemente abolirse; más bien, sus funciones sociales, como el trabajo doméstico, el cuidado de los niños, la cocina, etc., deben ser remplazadas con instituciones sociales bajo un estado obrero. Esta perspectiva requiere un tremendo salto en el desarrollo social, que sólo puede conseguirse si se barre el dominio capitalista a escala global y se remplaza con una economía racional y democráticamente planificada.
Los trotskistas luchamos por construir un partido de vanguardia multiétnico como el que construyeron los líderes bolcheviques Lenin y Trotsky para dirigir la primera revolución socialista en el mundo en octubre de 1917. Un partido así se forjará mediante una dura lucha política contra los burócratas sindicales y el NDP procapitalistas, que trabajan para atar a los obreros a sus “propios” capitalistas nacionales. Mediante sus luchas cotidianas contra el racismo y la opresión de la mujer, un partido revolucionario construirá la autoridad entre la clase obrera que le permita movilizarla contra todas las formas de atraso social, incluyendo el cruel abuso de las mujeres. En el futuro comunista, las mujeres estarán integradas a la sociedad plena y equitativamente, y el fanatismo y la violencia contra la mujer, las restricciones reaccionarias de la familia y la religión, y el papel represivo del estado capitalista no serán más que recuerdos barbáricos del pasado.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/30/aqsa.html
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